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Manolo Solo

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  Me llama un amigo muy querido y me pregunta si me he enterado. Como tenemos muchos amigos en común, pienso lo peor. En ese tiempo indeciso en que aún no sabes de qué te hablan, la imaginación suele elegir el camino más oscuro. Sin pretenderlo pero también sin poder evitarlo, empiezo a hacer una lista de nombres mientras contengo la respiración. Pero no, se trata de Manolo Solo. Porque Manolo Solo se ha muerto, y aunque no seamos amigos, ni siquiera nos hayan presentado o nos hayamos saludado al encontrarnos en la calle, me ha dado mucha pena. A veces pasa con ciertos actores. Después de tantos años acompañándote desde una pantalla, uno termina sintiéndolos como a esos tipos cercanos y discretos con los que no hace falta hablar demasiado para saber que están ahí. Mi amigo sabe que me gustaba mucho. Alguna película donde salía él le he recomendado. Se ha ido con la misma discreción con la que parecía caminar por sus personajes. Yo, al menos, no sabía que estuviera enfermo. Y sucede...

La gran evasión

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Teníamos que haber escapado por el túnel, pero cuando los guardias del Stalag Luft III nos descubrieron tocó improvisar y encontramos las motos. Y, también, todo hay que decirlo: este tipo es un rebelde y quería una fuga a su estilo. No me quejo. De qué serviría, además, si sería capaz de seguirlo hasta el fin del mundo, sobre todo en moto. Ya hemos dejado atrás a una patrulla que nos perseguía, pero de seguir así acabaremos rompiéndonos la crisma. Al menos yo, porque él esta loco de atar: salta las alambradas como si le hubieran puesto un cohete en el tubo de escape. Igual habría sido mejor arrastrar la barriga por el túnel, como todos. O como casi todos, porque James Garner, cuando aún le faltaban décadas para rodar esa tontería lacrimógena titulada El diario de Noah, tuvo el cuajo de robar un avión y llevarse de copiloto al cegato Donald Pleasence. Pero nada, aquí estamos, sorteando baches hasta que se nos acabe la gasolina y nos lleven de vuelta al campo. Lo mismo hasta nos fusilan...

El contenido

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Hace muchos años leí la autobiografía de Mark Twain. De todas las cosas que contaba se me quedó grabada una frase que me viene a la memoria estos días en los que ando sumergido en una suerte de frenesí creativo. Si una novela está llena de contenido, afirmaba el autor de Huckelberry Finn, se escribe sola; si no, hay que esperar a que se llene de contenido. Llevaba tiempo intentando dar sentido a algo. No es infrecuente que ciertos momentos de la vida de un escritor acaben travestidos de literatura. Decía Vargas Llosa que escribir es hacer estriptís al revés: empiezas desnudo para ocultarte bajo la ropa. No le faltaba razón. Y, por raro que parezca, resulta un espectáculo más divertido que desnudarse, sobre todo si uno no tiene las hechuras de Brad Pitt. Más divertido para el lector, digo, que luego realizará el proceso inverso al tratar de quitar capas para averiguar lo que hay debajo. Lamento decir que muchas veces la apreciación no es correcta, pero es parte del juego. Y me gusta. Es...

En buena compañía

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Como apuntaría mi apreciado Víctor, voy de narco colombiano. El calor aprieta en el sur, vaya que sí. Hoy toca comer, y beber buen vino, con dos amigos muy queridos. Mañana, otro amigo de los buenos ―¿acaso hay otra forma de ser amigo?― me ha invitado a cenar en su casa, en ese jardín pequeño y coqueto que parece la antesala del paraíso. No está mal para una semana empeñada en convertir mi agenda en un campo de minas. Menos mal que a veces la vida, después de empujarte hacia la cuneta, tiene la delicadeza de ofrecerte un banco a la sombra. Además, he conseguido levantar veintiséis páginas en dos capítulos de una nueva novela. Qué curioso, qué paradójico, que mientras la puñetera vida se empeña en tirar tabiques la ficción siga construyendo habitaciones. Llevaba tiempo sin trabajar en largo, quizá demasiado, pero al volver a remangarme ha regresado esa sensación impagable que sólo aparece al escribir novelas: la obligación deliciosa de sentarte a jugar a imaginemos, a pesar del caos...

Otra vuelta al sol

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  Otra vuelta al sol. Esta no ha sido fácil. Cómo podría serlo cuando los árboles bajo cuya sombra creciste empiezan a combarse y descubres cuánto quema el sol. Mowgli ha sido el primero en marcharse. Lo raro, o no tanto, es sentirte bien pese a todo. Quizá sea porque hacer lo que toca cuando toca no es mala forma de encajar en este circo absurdo que llamamos vida. No me quejo de la mía, vaya por delante: cuido de los míos, como mejor sé y como mejor puedo; escribo y leo cada día, siento el cariño de unas cuantas personas muy queridas y también el respeto de mucha gente a la que no conozco pero que, en una curiosa asimetría resultante de juntar letras, sí me conoce o al menos conoce lo que dejo entrever, casi siempre mucho menos de lo que parece. Practico yoga, salgo con la bici, paseo, hago alguna escapada. Me complace que el motor siga rugiendo, poderoso, aunque algunas piezas necesiten ser ajustadas y engrasadas de cuando en cuando. Nada grave: los buenos coches duran para siem...

Noventa aniversario

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Hace muchos años hablé en esta bitácora de  La noche de los tiempos , de Antonio Muñoz Molina. Dije, creo, y si no lo dije es un falso recuerdo cuyo fondo sigo manteniendo, que no se podía contar mejor el Madrid del 36. Me acuerdo de que me dieron ganas de quitarme el sombrero al leer un capítulo en el que durante muchas páginas el narrador iba enumerando una larga lista de acontecimientos recogidos por la prensa el 17 de julio de 1936, entre los que se colaba, como un hecho insignificante, el levantamiento de unos militares españoles en el norte de África. Un ejemplo perfecto no sólo de buena literatura, sino de la teoría del caos: una perturbación diminuta puede amplificarse de forma impredecible si las condiciones son las adecuadas. Quizá me interesan tanto los pequeños detalles porque a menudo un suceso aislado trastoca el futuro de la forma más inesperada. Como soy de naturaleza escéptica, acostumbro a no dar nada por supuesto. Mil páginas tiene la novela que mencionaba más ar...

Fútbol

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Las finales se repiten mientras las hojas del calendario se despegan como si un silencioso árbitro implacable me fuera descontando páginas de la vida. Van cambiando las circunstancias en cada final (las mías, digo), pero otras se mantienen. En 2010 andaba en los últimos coletazos de la promoción de una novela por la que me conocieron muchos lectores, ya tenía buena parte de otra pergeñada entre aeropuertos y estaciones y todavía no sabía quién era Shakira.  No soy futbolero pero, si las circunstancias no lo impiden (y quién sabe si no, tal y como está el panorama) veré la final el domingo. Hace dieciséis años conduje un montón de kilómetros por una carretera con demasiado tráfico dominical para ver el partido con la familia. Dos años antes conduje en otra dirección pero también con mucho tráfico de domingo para ver la final de la Eurocopa en casa de unos amigos. En 2012, tras ponerme en carretera otra vez, me quedé dormido durante el partido y cuando desperté España le había colado...