sábado 28 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (VII. Esto va en serio)

Por la mañana nos subimos al autobús, camino de Mauthausen, pero antes vamos a parar en el cementerio donde están enterrados los padres de Hitler. Al otro lado de la calle hay una casa, en una esquina, donde el pequeño Adolf pasó unos años de su infancia. Ahora es una funeraria. Su único destino posible tal vez. Nos paramos todos frente a la casa, imaginando al pequeño dictador saliendo por la puerta para ir al colegio. Le pido a Maribel que me haga una foto y cruzo la calle para ponerme delante de la casa. Me planto en la acera, dispuesto a posar, y en ese momento todos sacan sus cámaras y empiezan a disparar, como si fuera un reo delante de un pelotón de fusilamiento. Tardó un instante en darme cuenta, de nuevo, de que hemos venido a trabajar, que hoy es el día más importante del viaje, y que esto va en serio.

Al otro lado de la calle, en el cementerio, volvemos a hacer lo mismo delante de la tumba de los padres de Hitler. Hay unas cuantas flores frescas sobre la piedra. Me hubiera gustado saber quién las ha dejado allí. Entre las lápidas me encuentro con un artilugio que no había visto nunca: una máquina expendedora de cirios.

Poco después llegamos a Mauthausen. Hay tanta niebla que Adrián, el cámara de Telecinco, me dice que no está seguro de que el reportaje vaya a quedar bien. Un poco de niebla resulta bonito, me explica. Pero si hay demasiada no se ve nada. El autobús nos deja en la entrada del campo, y otra vez pongo los pies en este campo de exterminio. Una nueva sesión de fotos. En el autobús me estaba comiendo un chicle. Ahora no encuentro una papelera donde tirarlo y no quiero que se vea en las fotos. Me parece una falta de respeto dejarme fotografiar en el campo o que me graben una entrevista en Mauthausen mientras me estoy comiendo un chicle. Menos mal que encuentro una papelera nada más entrar en el campo. Le he preguntado a Birgit, nuestra guía, si no le importa que la interrumpa en algunos momentos durante la visita, para explicar a los periodistas ciertos detalles que salen en la novela, matizar alguna cosa. Birgit asiente. Ha sido muy paciente conmigo durante el viaje. Begoña y Adrián me colocan un micrófono bajo la chaqueta que habré de llevar durante toda la visita. Yo ya he estado antes, y ahora puedo fijarme en la reacción de los periodistas que visitan por primera vez un campo de exterminio. Es una mezcla de estupor, de horror, de sorpresa al darse cuenta de que lo han imaginado es posible. Acabamos de cruzar la puerta del campo de Mauthausen. Quien prefiera no saber lo que pasaba allí dentro, que no lea la próxima entrega de este diario de viaje.

jueves 26 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (VI. La salchicha, Skármeta, Vargas Llosa y Pérez Domínguez)

Nos metemos en un bar, y al cabo de un rato se nos unen los que se habían quedado en el concierto. Jose Oliva dice que no se quiere marchar de Austria sin probar una salchicha, y allá que vamos. Pregunto en un par de locales, pero nada. Incluso paro a un tipo por la calle, desesperado, para que por favor me diga dónde podemos comernos una de esas salchichas austriacas. Me habla de un sitio, pero hay que coger un autobús. Así que al final nos metemos en uno de los bares en los que habíamos preguntado, y acertamos. No había salchichas, pero tenían una carne estupenda servida en distintas clases de pan. En el bar estuve hablando un rato con Ricard Ruiz Garzón, a quien conocí hace tres años en una cena del Ateneo de Novela de Sevilla, cuando aún no podía imaginar que llegaría a ganarlo. Hablar con Ricard de libros siempre es un placer, y te cuenta las cosas con la tranquilidad y la sensatez de quien sabe de qué va este negocio. Luego nos vamos al hotel, pero cuando nos ven llegar los del bar se acuerdan de que anoche no nos queríamos ir y nos dicen que están a punto de cerrar. Quedamos Ricard, Jose Oliva, María, Toni Polo, Maribel, Óscar Oliveira y yo. Es tarde, mañana nos tenemos que levantar muy temprano porque vamos a Mauthausen, y para mí es la parte más importante del viaje, pero decidimos buscar un bar abierto. Para mí, que lo más fuerte que acostumbro a tomar es el yogurt natural, resulta un poco raro. Pero también se puede tomar un yogurt natural en buena compañía, o al menos salir a la calle con la intención de pedirlo. En el minibar tengo todavía un litro y medio de leche, así que puedo estar tranquilo a la vuelta. Nada me reconforta más que un buen vaso de leche fría al acostarme.

No encontramos nada abierto, y Jose Oliva, el tío con el que más me he reído en el viaje, no desiste en su empeño de no marcharse de Austria sin probar la salchicha. Desandamos el camino y volvemos a cruzar el puente de los Nibelungos. Cada vez que lo cruzamos hace más frío. Nos metemos en un bar y, mientras nos atienden, busco el servicio. Cuando vuelvo, la camarera, que resulta que es chilena, me pregunta que si de verdad soy escritor. Me encojo de hombros, le digo que sí. Nunca sé muy bien cómo responder a estas preguntas. Casi siempre quedas como un pedante o como un imbécil. O las dos cosas.

Nos partimos de risa en el bar. Todos contando anécdotas. La camarera nos baja la música para que podamos hablar. Cuando nos vamos me pide que le dé el título de mi libro. Me pregunta si se ha traducido ya, como si ver el violinista en alemán fuera algo inevitable. Pero si a mí todavía no me han traducido, le explico, aunque, quién sabe. Pero lo mejor es que lo busques en castellano. Me dice que le gustaría tenerlo dedicado, y le digo que, si vuelvo a Linz, pasaré por el bar para dedicárselo. Hasta el día siguiente no me doy cuenta de que estoy rodeado de una tropa de golfos: mientras yo iba al servicio le han contado a la camarera que son un grupo de periodistas que han venido conmigo a Linz. ¿Que no te suena su nombre? Pues muy mal, porque están Skármeta, Vargas Llosa y Pérez Domínguez...


lunes 23 de noviembre de 2009

Presentación en Madrid

Si estáis por Madrid, el próximo miércoles 25 de noviembre presentaré El violinista de Mauthausen, Premio Ateneo de Sevilla 2009, junto a Lorenzo Luengo, Premio Ateneo Joven, que presentará Amerika. A Lorenzo lo apadrinará Félix J. Palma, y a mí Vanessa Monfort.
Pues eso, el que quiera, ya sabe por dónde andaremos.

domingo 22 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (V. Un nuevo parpadeo)

En la segunda tanda, Jose Oliva, de EFE, y Carlos Sala, de La Razón, me someten al tercer grado. Matellanes, Oliveira, Susana y Maribel se han ido. Total, el que tiene que contar la novela soy yo. Cuando terminamos las entrevistas apenas me queda tiempo para darme una ducha antes de irnos a cenar. Birgit ya está en la recepción cuando bajo. Hay que cruzar el puente de los Nibelungos otra vez para ir al concierto. No está lejos, pero me quedo rezagado charlando con Paco Luis del Pino sobre la película Münich, de Spielberg, que a los dos nos gusta mucho, y nos perdemos. Nos metemos en el sitio equivocado. Primero es la cena, luego el concierto. Abrimos una puerta y nos encontramos a los músicos ensayando. Buscamos un restaurante y está vacío. No es allí. Al final llegamos. Tarde, pero llegamos. Me disculpo en alemán con Herr Steiner, que también nos acompaña esa noche. Tut mir leid. Wir waren verloren, le digo. Se echa a reír. Supongo que me entiende. Llevo un rato diciendo que no voy a cenar, que a las cinco y media soy incapaz de comer nada, pero al final me animo y pico algo. Luego nos vamos todos al concierto. La música en Austria siempre resulta excepcional, pero estoy tan cansado que me cuesta tener los ojos abiertos durante la representación. Si no los cierro es porque me llama la atención ver a un hombre que canta con voz de mujer. Se llama fulanito de tal. No había escuchado en mi vida hablar de él, pero tampoco me da vergüenza reconocerlo públicamente: para determinadas cosas soy un cateto. No soy el único al que se le bajan los párpados. Son muchas horas, y llevamos levantados desde muy temprano. En el descanso la mayoría le dice a Birgit que mejor nos vamos. Algunos se quedan. Birgit se viene con nosotros a tomar algo.

Al salir del concierto, Matellanes se deja fotografiar con el gorro y el cigarro, supongo que, por si a cualquier escritor que lea este blog aún tiene ganas de mandarle un original se le disipen del todo…

Por el camino estoy hablando con Josep Borrell, el director de Clío, y recuerdo que, hace cinco años, en la consulta de un médico, vi una revista atrasada con Albert Einstein en la portada. Leí el reportaje sobre la oferta que el gobierno de la República hizo en 1933 al Premio Nobel para convertirse en ciudadano español. No le presté demasiada atención entonces, pero luego estuve dándole vueltas hasta que no tuve más remedio que volver a la consulta para pedir la revista. Dos años y tres meses después puse el punto final a El factor Einstein. Pero no estaba seguro de cuál era la revista aquella. Josep Borrel sonríe. Era Clío. Lo publicamos en febrero de 2004, me dice. Vuelvo a parpadear y me quedo pensativo, como ayer en el aeropuerto al saludar a David Solar. Es como si otra vez, sin saber por qué, algo empieza de nuevo a tener sentido.


viernes 20 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (IV, Yo he venido a hablar de mi libro)

A las siete de la mañana, ya estoy en la calle. No hemos quedado con Birgit hasta las nueve, pero ya lo he contado: en los hoteles no duermo bien. Busco un supermercado abierto y compro un par de botellas de leche para guardarlas en el minibar de la habitación del hotel. Me da vergüenza pedirla en los bares, pero es mi bebida favorita. Es uno de los préstamos que hice a mi amigo Rafael Montalbán, el protagonista de El síndrome de Mowgli. Los lectores de esa novela tal vez lo recuerden. Cruzo el puente de los Nibelungos, recorro la Hauptplatz de Linz, me cuelo en una callejuela donde un rótulo me indica cuál es la casa en la que vivió un tiempo Kepler y desando el camino. El tiempo justo para desayunar en el hotel y encontrarnos con Birgit. Con ella volvemos a la Hauptplatz, nos enseña el balcón donde Hitler se dio un baño de multitudes justo un día antes de anunciar en Viena la anexión de Austria, el Anschluss, en 1938. Pasamos la mañana recorriendo la ciudad, nos informan de una exposición sobre un proyecto megalómano que Hitler tenía para Linz. Comemos en un restaurante con unas vistas magníficas, y es imposible no pensar en lo que la ciudad en la que estamos podría haber sido si el proyecto del Führer hubiera salido adelante. Lo que son las cosas.

Luego visitamos un lugar interesante. El centro cultural Ars Electronica. Artilugios, inventos, proyecciones en tres dimensiones. Me gustó mucho.

Ya llevo un día con los periodistas, y no me acuerdo de que, como diría Umbral, he venido a hablar de mi libro. A las tres y media de la tarde echo de menos un par de pinzas que me sujeten los párpados, pero subo a la habitación y me echo agua en la cara para espabilarme. Hemos quedado que los periodistas me van a entrevistar en dos tandas. La primera, a las tres y media. La segunda, a las cuatro y cuarto. Se supone que terminamos a las cinco porque a las cinco y media (sí, a las cinco y media) tenemos que cenar antes de asistir a un concierto. Cuando bajo al bar del hotel están los periodistas sentados, con las libretas en la mano. Ricard, Paco Luis, Josep, María, Albert, Toni, Begoña, Zoe. Todos frente a al sofá donde yo me tengo que sentar. Miguel Ángel Matellanes, mi editor, siempre al quite en estos menesteres, se sienta a mi lado. Óscar Oliveira y Susana Picos están atentos, un poco más allá. Maribel nos hace fotos. Hasta hace un rato éramos unos colegas que nos lo estábamos pasando en grande en Linz. Ahora estamos trabajando. Y esto va en serio.

miércoles 18 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (III, El paro en Linz)

Llegamos a Linz después de un par de horas de viaje en el autobús que nos esperaba. Intercambio unas palabras en alemán con la conductora y me alegro de que no frunza el ceño demasiado. Hace tiempo mi alemán era aceptable, pero hace mucho que no lo practico y hay cosas que me cuesta entender. Pero me he enterado de que la conductora me ha dicho que la esperemos en el autobús mientras va a la caja a pagar el aparcamiento. Luego, cuando llegamos a Linz, al despedirme me pregunta que cuánto tiempo vamos a estar. Le digo que dos días, que soy un escritor que vengo con un grupo de periodistas para promocionar mi última novela. Sonrió. Lo mismo mi alemán no está tan oxidado como pienso.

Algunos han dormido durante el trayecto. Yo soy incapaz. A mitad de camino me he sentado en la parte delantera, con Óscar Oliveira y Albert Montagut, el director de ADN. Pasamos un rato estupendo hablando de libros, de cine, de series de televisión sobre la Segunda Guerra Mundial. Montagut me refresca la memoria sobre Vientos de guerra, con Robert Mitchum, y yo le hablo de Ike, aquella de cuando yo era un crío, con Robert Duvall haciendo de Eisenhower. Hablamos de muchas cosas Oliveira, Montagut y yo, y, cuando nos hemos dado cuenta, ya estamos en Linz.

Un rato después viene a recogernos Birgit, que habla un español magnífico y me escucha con resignación cuando yo me dirijo a ella en alemán. Birgit es una guía extraordinaria: amable, atenta, educada, y con una paciencia envidiable cuando de conducir por la ciudad a un grupo de españoles revoltosos se trata. Nos tienen preparada una mesa en el reservado de un restaurante. Georg Steiner, el director de la oficina de Turismo de Linz, se une a nosotros. Birgit hace de traductora simultánea. Nos cuentan muchas cosas de la ciudad. Que hasta ahora ha sido fundamentalmente industrial pero que se está abriendo cada vez más al turismo. Pero es un dato lo que más me llama la atención: están preocupados porque tienen un índice del 3,6% de paro, cuando lo normal para ellos es el 1%. En fin. Prefiero no hacer comparaciones crueles.

Durante la cena estoy sentado junto a Paco Luis del Pino, que me ha demostrado unos conocimientos enciclopédicos sobre tantas cosas que a su lado uno tiene que hacer un esfuerzo para no ser un ignorante. Un rato con David Solar y con Paco Luis del Pino es como un máster bien aprovechado. Da gusto encontrarte con gente que sabe tanto. Volvemos al hotel y en el bar nos quedamos unos cuantos viendo como Paco Luis y David empezaron a debatir sobre Rommel, la Wehrmacht, Hitler. Albert Montagut los graba. Me gustaría ver ese vídeo. Poco a poco todos se van retirando, hasta que Montagut, Oliveira yo plegamos velas, como los capitanes de un barco que no se marchan hasta que no queda nadie. Mañana será otro día. Antes de acostarme me dan ganas de darme cabezazos contra la pared: el libro que estaba leyendo me lo he dejado olvidado en el avión.





martes 17 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (II, La maleta de Matellanes)


En el vuelo de Barcelona a Viena todavía no conozco las caras de todos los periodistas a los que me han presentado en el Prat. Estamos desperdigados por el avión. Maribel y yo vamos en la parte de atrás. Son un poco más de dos horas de vuelo. Para comer nos dan un sándwich que más bien parece la mitad de un sándwich, y cuando me lo zampo me levanto para estirar las piernas. Dejo en el asiento un libro que estoy leyendo para documentarme sobre un proyecto de novela que tengo en la cabeza y avanzo por el pasillo. Cada vez que salgo de viaje lo que más pesa en mi equipaje son los libros. Suelo llevar dos o tres, por si acaso. No soporto quedarme tirado en un aeropuerto sin tener un libro en las manos, o que me tenga que quedar más tiempo del que había pensado en algún sitio y quedarme sin lectura. Luego siempre me falta tiempo para leer lo que me llevo de viaje, pero me reconforta verlos en mi maleta. Parece que a la gente que viaja a Viena también le gusta leer. A mitad del pasillo me detengo, con el ceño fruncido, como si por culpa de las alturas o por haberme levantado tan temprano estuviera viendo visiones. El libro que leen los pasajeros es El violinista de Mauthausen.
Enseguida caigo: son los periodistas, que están haciendo los deberes durante el vuelo. La novela acaba de salir y se está distribuyendo. La deben de haber recibido hace poco. Ni siquiera yo, cuando he salido de viaje para A
ustria, tengo unos cuantos libros para mis amigos. Pero prefiero que los tenga la Prensa.

Apenas pasa media hora de las cuatro de la tarde cuando aterrizamos en Viena, pero ya es noche cerrada. Hace frío, pero no es grave. A mí me gusta. Apenas hace un par semanas me estaba bañando en el Atlántico, pero ya tenía ganas de sentir el aire frío, de ponerme una cazadora que abrigue, las botas de patearme ciudades cuando salgo de viaje, los guantes, los calcetines gruesos, la bufanda, un gorro de lana.

Recogemos las maletas en la cinta, y entonces miro a mi editor. Cuando lo vi en Barcelona pensé que la falta de sueño me estaba jugando una mala pasada. Esa maleta no podía ser suya. Miguel Ángel Matellanes, el director de Algaida, el mejor de todos los editores con los que he publicado, el hombre al que muchos escritores están deseando conocer, no puede haber venido a Austria con una maleta como esa Se lo pregunto: Miguel Ángel, ¿de verdad es tuya la maleta?. Responde que no, y me cuenta una historia sobre que no le cabían las botas en la suya. En fin. Espero no espantar a los escritores talentosos que leen este blog y quieren publicar en Algaida…



domingo 15 de noviembre de 2009

A Mauthausen con la prensa (I, El principio)

En Barcelona, Maribel se pregunta cómo puedo estar tan tranquilo. Hace un rato que hemos llegado al aeropuerto y estamos esperando al el resto del grupo. Unos cuantos periodistas con los que nos vamos a ir dos días a Austria. Entre otros lugares, visitaremos el campo de exterminio de Mauthausen, y todos tienen preguntas que hacerme sobre mi novela.
¿Por qué preocuparme?, le contesto. En realidad, lo que yo quiero es disfrutar de este viaje que han organizado entre la editorial y la Oficina de Turismo de Linz. Charlar tranquilamente sobre mi novela, Mauthausen, la Segunda Guerra Mundial, o lo que se tercie. Peor ha sido durante la noche: el insomnio ha estado presente como siempre que tengo que salir de viaje. Pienso que el despertador no va a sonar, que el coche va a estar pinchado por la mañana o que por culpa del atasco no voy a poder llegar a tiempo al aeropuerto. Al final, nunca sucede nada de eso: las ruedas del coche están intactas por la mañana, el tráfico es aceptable y por lo menos un cuarto de hora antes de que suene el despertador ya tengo los ojos abiertos. No he dormido demasiado, pero estoy descansado. Es martes, y hasta el viernes por la noche, cuando esté de vuelta, solo habré dormido una media de tres o cuatro horas cada noche. Me suele pasar cuando estoy de viaje y lejos de mi cama. Ya estoy acostumbrado.

Al primero que me encuentro en el Prat es a mi querido Óscar Oliveira, el encargado de prensa de Algaida. Nos damos un abrazo a pesar de que durante las últimas semanas hemos hablado por teléfono varias veces al día. O tal vez es por eso. Óscar tiene mucha ilusión con este viaje. Entre Susana Picos, a quien saludo enseguida, y él, llevan semanas persiguiendo a la prensa para que nos acompañe a Austria.
Estrecho unas cuantas manos, reparto unos cuantos besos, y me hace mucha ilusión conocer, por fin, a David Solar, a quien hace seis años tuve la suerte de entrevistar en aquel fantástico programa que hicimos en Onda Cero, La ínsula Barataria, encarnando al mismísimo Adolf Hitler.
De todas las entrevistas que hice aquel verano, aquella fue la que más me gustó, y, seis años y cuatro novelas después, cuando estrecho la mano de David Solar, no puedo evitar pestañear un instante. Me pregunto si la vida no es sino un puzle inabarcable cuyas piezas acabasen encajando en un momento dado, cuando menos te lo esperas, y es como si algunas cosas de pronto tuvieran sentido. No será la primera vez que piense sobre esto durante el viaje. Aún sigo preguntándomelo.
Cuando llega Ricard Ruiz, un viejo conocido de alguna cena del Premio Ateneo de Novela de Sevilla, ya estamos todos.
Blanka Trauttmansdorff, de la Oficina de Turismo de Austria, ha venido hasta el aeropuerto. Todos los que viajamos le firman un ejemplar de El violinista de Mauthausen y yo se lo dedico. Se hace una foto con nosotros, mostrando su libro. Los demás son, de izquierda a derecha, empezando por la parte de abajo, Ricard Ruiz, Blanka, un servidor, María, Zoe, Maribel, Albert, Miguel Ángel, Óscar, Susana, Toni, Paco Luis, David, Jose, Josep, Carlos, Adrián y Begoña. A la mayoría los acabo de conocer, apenas puedo recordar los nombres de ninguno. Ahora me los sé de memoria. Este viaje ha sido para mí una gran experiencia. Y he tenido tiempo de hablar con ellos de muchas cosas. Y ahí estamos, justo antes de que todo empezara.

lunes 9 de noviembre de 2009

En paz con uno mismo

La llegada del otoño es uno de los momentos que me hacen más feliz de todo el año. A este de 2009 le ha costado arrancar, como si, a medida que me hago mayor, el otoño se volviera más perezoso, o es el verano el que se empeña en poner a prueba mi paciencia, haciéndose el remolón, como el invitado pesado que se levanta de tu sofá después de unas cuantas horas de visita sin terminar de marcharse nunca.

Pero esta tarde he salido a la calle y estaba oscuro aunque todavía era temprano, y he sentido un fresco agradable en la cara que ya creía haber olvidado, y al respirar me ha venido un olor familiar, y he sonreído al ver recortarse en la luna el humo que sale de la chimenea de un vecino, y ya estoy seguro de que, por fin, en el sur ya ha entrado el otoño. Ya era hora. Y da gusto ponerte un jersey y sentarte un domingo por la noche para ver un partido de fútbol ―aunque el fútbol te interese lo justo―, meterte en la cama y arrebujarte bajo una manta gruesa que tenías guardada en el armario, pasear por la ciudad y no fruncir el ceño al descubrir los adornos de Navidad en el escaparate de una tienda, incluso comerte prematuramente un mantecado.

No sé. En otoño es como si la vida volviese a recuperar el orden, la rutina, y yo soy un tipo que necesita cierta estabilidad para sentirse bien. No es el mejor momento para estar tranquilo cuando tu última novela acaba de llegar a las librerías y dentro de nada te vas a ir de viaje con un grupo de periodistas a Austria, pero ahora mismo estoy aquí, sentado en un sillón, el fútbol en la tele, muy bajito, escribiendo en un cuaderno que a lo mejor pasaré al blog, satisfecho después de haber dado todo lo que tenía durante el último año. En paz conmigo mismo, supongo. La mejor manera que se me ocurre de estar en este mundo.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2009

domingo 8 de noviembre de 2009

Lugares comunes y situaciones análogas


Algún día de estos volveré a contar por aquí cosas que no tengan que ver -o, al menos, que no tengan solo que ver- con mis libros. Pero la publicación de El violinista de Mauthausen es lo que ahora dirige, y condiciona, mis días. Pero no puedo olvidar que en primavera publiqué un libro de cuentos, El centro de la Tierra, que ha sido finalista del Premio Setenil (desde aquí mis felicitaciones a Fernando Clemot, el ganador). Estos días han salido algunas reseñas de mis cuentos, en Cuadernos del Sur y en Mercurio. Las pongo aquí en el mismo orden en que las he recibido. Por eso hoy os dejo la de Pedro Domene en Cuadernos del Sur, a quien le mando un abrazo y le agradezco sus palabras tan elogiosas sobre mi trabajo.


Pedro M. Domene. Cuadernos del Sur

El cuento literario español está de moda, editores y autores ven como los lectores demandan un género calificado como cenicienta de la literatura, aunque nunca debemos olvidar que se trata de una tradición que arranca desde los albores del castellano y de las primeras traducciones del árabe, se ejemplificó durante el Siglo de Oro, y adquirió categoría de universal durante el XIX y XX, con notables cultivadores.

Andrés Pérez Domíguez (Sevilla, 1969) se suma a esa larga lista con El centro de la Tierra (2009), una colección de diez relatos, escritos como explica al final de su libro, entre los años 1999 y 2007, un tiempo dilatado que alternó con algunas de sus entregas tan variadas como interesantes, un libro de relatos, Estado provisional (2001), las novelas cortas, Los mejores años (2002) y Duarte (2002), o sus novelas extensas, La clave Pinner (2004), El factor Einstein (2008) y El síndrome de Mowgli (2008). El centro de la Tierra recoge, por consiguiente, algunas de las primeras incursiones literarias del joven Pérez Domínguez, sus cuentos premiados y publicados, Un mundo perfecto y Estado provisional, incluidos en su primer libro. El resto están escritos a lo largo de la última década, y ofrecen parte de esa buena literatura a que nos tiene acostumbrados el narrador sevillano. Sus textos surgen, indiscutiblemente, de ese minúsculo laboratorio de experimentación que supone el lenguaje o esa ambiciosa pretensión de encerrar en un espacio más breve una permanente visión trascendente del mundo. Los personajes de sus cuentos se encuentran al límite de sus posibilidades cuando se enfrentan a situaciones extremas como un despido laboral en “La voz interior“ y su posterior decisión de cometer un robo vestido de Papa Noel; la angustia que vive un portero ante el lanzamiento de un penalti, justo al final de su carrera deportiva; la emotiva tarde de domingo de un ex-alcohólico con su hija, uno de los cuentos más emotivos, Vainilla y chocolate, y para terminar, la visión sociopolítica de la tortura argentina en su cuento más reciente, El centro de la tierra.

Pérez Domínguez se desenvuelve muy bien en el marco histórico de la Segunda Guerra Mundial, como en El último viaje, la magnífica descripción de ese tren que circula desde Buchenwald hasta Mauthausen, germen quizá de un proyecto mayor: El violinista de Mauthausen; pero sobresale en describir lugares comunes, con situaciones análogas, cuyos personajes recorren parte de su vida y se enfrentan a un final no menos sorpresivo con que han vivido su existencia anterior, y demuestran así que esta vida surge de una revelación inverosímil que solo con la literatura encuentra cierto sentido.